Leche Merengada por Marcelo Carnero

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Al releer Leche merengada de Paula Tomassoni, me surgen algunas cuestiones. La escena madre de la novela, digo, la escena que dispara todo lo que va a acontecer después, es la del cadáver de un cordero que no sin poca carga simbólica, es la cena navideña elegida de los personajes del texto y a causa de un apagón y de un traslado imposible, termina pudriéndose en el asiento de atrás del auto de Marina, la protagonista de la novela, en un embotellamiento de tránsito. Sin embargo, la disolución de esa capa que hiela el cuerpo del cordero, no solo deja que salga el olor a podrido que cualquier carne en descomposición despide, sino también parece ser el big bang  que la historia necesita para destilar y empezar a supurar poro por poro, algo que estaba quieto.

En un verano que amenaza derretir todo lo que toca, la sensación de lo que se descompone atraviesa la novela. En el segundo texto del libro, como para que nos quede claro de entrada, la narradora cuenta un hecho que va a signar parte de la historia. Marina, tiene dos tíos Enriques, dos tíos que se odian, se llaman igual y que puestos así parecen ser uno el espejo del otro. Personajes que son hablados a través de sus viudas porque atraviesan la novela muertos, ya que en un viaje a Mendoza en el que les toca custodiar las cenizas del abuelo a su descanso final, pierden la vida en un accidente aéreo. Y como si el chiste fuera poco, se nos deja imaginar la posibilidad de que cuando los cuerpos son devueltos a la familia, son devueltos mezclados, siendo enterrados los huesos de uno en el ataúd del otro, condenados a descansar juntos toda la eternidad, imagina Marina. O peor aún, que ni siquiera sean los restos de sus muertos.

A partir de eso se puede leer que la muerte de los tíos deja en sus viudas, la necesidad de tomar la posta del odio o la desconfianza que en vida se tenían sus maridos y convertirse en capitanas de un barco quieto, quizás también a raíz del dolor incomprendido que genera esa ausencia, pero solo con resquicios de poder que se demuestran en cosas que pueden sonar vanas, como que una hermana se niegue a comer lo que la otra preparó para la mesa navideña o que se llame a asamblea familiar para decidir cosas sobre las fiestas y después de discusiones agobiantes para ponerse de acuerdo se cumpla siempre con el deseo de las tías. Sin embargo esos tarascones al orgullo no pasan desapercibidos para nadie.

Pero también esas ausencias dejan al descubierto una trama de secretos que no hay que descuidar, en la que la familia funciona, haciendo de su propia asfixia el oxígeno que la mantiene viva, y reflota en esa fantasía un supuesto orden moral y de pertenencia.

Como en la escena en la que Quiquin, el primo de Marina, sufre por parte de su padre, uno de los Enriques, el sometimiento y el maltrato frente a todos los demás, que no atinan más que a seguir con lo que están haciendo en ese momento. O en la insinuación sobre la identidad de Caro, una de las personajes. El pacto de silencio sobre ciertos asuntos cubre como un manto todo lo que se deja entrever de terrible entre anécdota y anécdota, cuando ese pretendido orden moral deja a las claras que no por moral sea ético. Y como esos hongos tóxicos que aparecen al costado del camino la verdadera historia subyace.

Y aunque nuestra protagonista es parte de la rama débil de la familia, su padre mientras vivió se mantuvo a la sombra de esa pertenencia, y su madre frente al poderío de sus dos hermanas pudo poco más que ordenarle a su hija que se aliñe para no caer mal, es a Marina a la única que le pasan cosas verdaderas, la única que no sabe qué hacer con su separación y con sus hijas, a las que llenó de regalos endeudándose para paliar su propia tristeza y su culpa en esa primera noche buena que va a pasar separada de su marido y esa navidad  sin sus hijas. Y también a la única a la que esas cosas que le pasan le generan algún tipo de temor e inquietud.

Paula Tomassoni lleva adelante el texto con pulso de cirujana. Atiza las escenas con pincelazos de humor que le dan aire a la lectura en momentos en los que las situaciones que parecen más superficiales se pueden volver feroces. Y oficia con mucho tacto lo que nos quiere contar y lo que quiere que nos contemos.

Entonces quizás no sea poco recordar estas dos frases como brújula. Una de Felisberto Hernández que nos dice:

Me he entregado a una trampa de entretenimiento a pesar de saber que era trampa; me alivia en casi todas las horas del día de mi tragedia y me hace conciliar con las demás trampas. Esta maravillosa trampa, en vez de queso tiene un pedazo de jugosa carne chorreando sangre: me casé y tengo hijos.

Y la otra de Fabián Casas que reza casi como una ley:

todo lo que se pudre forma una familia.

Marcelo Carnero

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