Leche merengada por Vanina Colagiovanni

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“Las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. Así comienza una de las grandes novelas familiares atemporales (Anna Karenina). Y de ahí surge una pregunta ¿por qué la felicidad iguala, aplana, y en cambio la desgracia se vive siempre de un modo único y particular? Este interrogante atraviesa la primera novela de Paula Tomassoni y tira -incesante- de ese hilo tan fino que une a los vínculos familiares, al mismo tiempo e inseparablemente, tanto con el amor como con el espanto.

Leche merengada, entonces, es una novela sobre las relaciones familiares (“las rensillas intestinas” es el título de su primera parte). También es un libro sobre el desamparo. El desamparo. Este estar “a la intemperie”, indefenso, en este caso, nos llega a través de los ojos de una de las hijas, Marina, y de las voces, de los dichos, de las omisiones, de todo eso que compone el gran “entramado de los supuestos y los rumores de cada grupo familiar” y que nos transforma en “la comidilla” de los otros. Porque claro, uno de los efectos es que, a través de sus dinámicas y sus enfrentamientos, las familias consumen sus propios recursos, se comen a sí mismas, se fagocitan. Y a la vez son consideradas en este libro como “un mal necesario”, ineludible, “nacemos a una familia”.

La novela comienza con dos escenas casi bíblicas:

La primera es que, frente al apagón que dejó sin electricidad a parte de la ciudad, se le pide a Marina que lleve el cordero degollado -la “comidilla” de todos para la nochebuena-, para que no se pudra, y ella lo sube, atado al asiento de atrás con el cinturón de seguridad como un niño, cuando queda atascada en un embotellamiento, la carne se va descongelando, el olor a sangre y a visceras se impregna en el auto y en ella.

La segunda es el relato de la muerte trágica de los dos tíos Enrique a los que Marina tiene que “padecer” durante su infancia. Mueren en un accidente aéreo cuando habían ido a llevar las cenizas de su suegro -del abuelo de Marina- a Mendoza, para que descansara en la bóveda del cementerio junto a sus familiares. Fueron los dos Enriques, con el viejo adentro de la urna. Y no volvió ninguno de los tres. La familia queda mutilada y el rol de mando pasa a las mujeres de los Enriques, a las “tías”.

En estas dos escenas ya está presente la cuadrícula del poder, quién llevó y lleva las riendas y quien es arriado, como carne para el sacrificio. Las tías ejercen su poder y tiran de los resortes, son vigías e imparten tareas y castigos. También hacen uso de la información. Pero se frenan, nunca tiran tanto como para hablar “demás”. El uso de la información, el registro de los pormenores también es parte de lo que se administra como alimento. A la manera de un “panóptico familiar”, se mira, observa, juzga, sopesa. Hay algunos que son vistos y hay algunos que no ven. Lo esencial es que se sepan vigilados.

Pero también hay mucho humor en el libro. La familia interviene hasta en las decisiones más nimias y triviales: qué comer, cómo prepararlo, cuánto gastar, qué hay que ponerse, que hay que responder, adonde hay que ir. Es el reino colectivo de las miradas de reojo, donde los menores son observados desde todos los ángulos. “La inspección funciona sin cesar como un dispositivo disciplinario”. Y en estas escenas, ayudados por el relato irónico de Marina, hay muchos momentos de empatía y gracia. Los que hemos vivido en una familia grande sentimos que sí, que estuvimos “ahí”, que pudimos haber estado.

¿Por qué “Leche merengada” como título? Es el chiste del abuelo -del paterfamiliae- y es el nombre de la herencia, de lo que se recibe sin remedio, de esa leche del padre que marca con su fuerza una costumbre, un hábito, hizo a las hijas con “leche merengada” como quien forma una criatura con barro, casi dejando en un rol secundario, irrelevante, a la madre.

En la segunda parte, “Casi imperceptible”, asistimos al relato pormenorizado de la fiesta navideña sin los tíos, donde todo lo sugerido en la primera parte termina por ponerse de manifiesto y se nos muestra como en una foto fuera de foco, que algún día será rescatada de un cajón. En las fiestas del pasado y en esta que vivimos en “vivo” se instala la repetición y la costumbre, desde la infancia a la adultez de Marina cambiaron pocas cosas, tal vez solamente la perspectiva. Siguen dominando las mismas tías, imponiendo la agenda familiar, y dando sus veredictos. Estas fiestas son diferentes porque el grupo está incompleto, se quedó sin los machos, aunque es casi como si estuvieran, se conserva todo tal cual ellos lo hubieran querido.

Por último, este libro también trata sobre la humillación que se teje a la sombra de los lazos sanguíneos basados en un supuesto cuidado mutuo. Allí aparece, nítida, una marca de lo siniestro, de cuando lo cotidiano y familiar se vuelve de pronto “extraño”, de cuando aquel que debería proteger es el agresor. El gen de la maldad. Así se menciona. La escena de la humillación de Quiquín, el primo de Marina, por su padre merece un momento aparte. Allí, de modo magistral se narra con la omisión y la destreza de una prosa directa y precisa, cómo toma forma lo siniestro, en ese acto de sometimiento del más debil. El hijo llora, el padre lo humilla desnudándolo frente a todos, lo sacrifica a la mirada de los demás y lo disfruta, tal como sabremos más adelante que disfruta del sufrimiento ajeno. Solamente sugiriendo, con frases cortas como latigazos, nos acercamos a un precipicio como sin querer y quedamos al borde, mirando hacia abajo, sin aliento, buscando apoyarnos en algo para no dejarnos caer. Ese tipo de experiencia nos propone esta súper novela.

Solo me queda decirles: Pasen y lean.

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