Parte de guerra por Lautaro Domínguez

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Yo vengo del barro, yo soy de barrio bajo

 

Parece ser que todavía hay relatos, nos dice Dubin en la introducción de su ensayo; en ese parecer hay una cuota de realidad, efectivamente hay relatos pero no cualquier relato, son historias, algunas son épicas, narrada por una voz que nos sumerge en un mundo oculto, un mundo blanco de acusaciones, blanco de insultos y blanco de exclusión. Es en la voz de un académico profesor con vocación poética que encontramos color en aquellos siempre excluidos, en los derrotados, en los oprimidos.

En una escala cronológica Dubin relata, describe y analiza la cuestión del sujeto marginado, un sujeto devenido a cambios históricos, como semánticos. Siempre envueltos en una actualización permanente: el marginal es dibujado y definido por intereses y agentes externos a él, que operan bajo acciones de la opresión, de la discriminación y de la exclusión. Como la figura del marginal se actualice, estos agentes se ven también en proceso de transformación, conformándose así, como ha explicado Freire, un circulo de oprimidos y opresores.

En una sociedad sitiada por relatos, historias siempre contadas por “el blanco”, Dubin nos cuenta otra historia desde la otra orilla, puede ser en la esquina de los “negros”, en un palenque de un gaucho o en una toldería imaginaria en la pampa. Sí, Dubin es como uno de esos “negros”, como un criollo sufrido, como un indígena libre, porque Dubin se siente parte de ellos y se reconoce en ellos, porque sabe que ellos son parte de nuestra historia y de la siempre conflictividad de reconocer en ellos nuestra identidad, nuestra cultura y nuestra lengua. Dubin molesta, su escritura es molesta, nos “pudre el rancho”, lo desarma con sus verdades, y yo que creía en la América blanca, en el mito de la civilización: la llegada de los barcos con inmigrantes europeos, somos hijos de ellos, hijo de la modernización. Dubin nos grita: No! Pone en tela de juicio ese mito casi bíblico en nuestra América. Nos dice a cambio que somos hijos de la revolución, de los malones, de los fogones, de las esquinas. Somos hijos de las fronteras enuncia su escritura, como retracta Borges a uno de sus personajes más perdurables: Johannes Dalhmann, en su cuento “El sur”. Dubin nos pone de esta esquina, la de los negros, la de los los guachos, la de los indios. Su escritura nos atrapa, nos sentimos parte de ella, nos enfrenta a la otra esquina; como sucede en toda villa, en todo barrio, los tranzas no pueden vivir con los chorros, con la gente decente, trabajadora. Porque lo tranzas aparte de arruinar a los pibes y convertirlos en eslabones de su consumo, son buchones de la gorra, trabajan para ellos, ¿quiénes son ellos? El sistema blanco, que oprime y manda a matar sistemáticamente a los pobres, a los excluidos. La policía sabe que los tranzas son chivos expiatorios para mandar a juzgar y condenar a un pobre, a un excluido. Y como se sabe en todo barrio, uno sólo manda, el territorio no se divide se comparte en un solo bando y es por eso que en todo momento se respira guerra, entre los chorros y los tranzas, entre el negro excluido y el negro protegido por el sistema blanco. Como dice el título del ensayo de Dubin hay Parte de Guerra, y en esta guerra solo hay cabida para un relato.

En nuestra historia siempre hubo guerras nos dice Dubin, y en toda guerra nacieron manifestaciones; él inicia su peripecia con el primer poeta diríamos sudamericano. Luchó a favor de las independencias sudamericanas y fue el primero que con una retórica popular abogo por una patria libre y se mostró crítico con el imperio español, un imperio en víspera de decadencia. Poeta de las dos orillas (Uruguay y Argentina), fue él que abrió una serie de escritos con un registro popular y oral, para posicionar sus pensamientos, sus ideales y sus luchas. A su vez fue su escritura quien lo llevaría a ser el creador de un género por naturaleza montonero y faccioso: la literatura gauchesca. Dubin destaca a Bartolomé Hidalgo por las diversas cuestiones que presenta su ensayo, siendo uno de ellas la negritud como la central. Ser o no ser esa es la cuestión en estas dos fronteras.

Dubin apuesta a estar en la frontera que mencione al principio del artículo, así va deslindando una retórica, la retórica de los negros, la indaga y la proclama. Dice el estribillos de una canción de Meta Guacha: La onda es cumbia, chapa y meta guacha, no es un simple estribillo musical, es una realidad escrita canción y Dubin lo sabe, es por eso que él expone al género de la cumbia villera no como un mero sentimiento, sino como herramienta de denuncia e inserción de la voz de los oprimidos dentro del ruedo social, dentro de la historia. La música villera es la voz de los marginados que confrontan con su destino escrito, un destino que le repara miseria, dolor y exclusión, todo en un contexto desfavorable para todas las clases populares en Argentina, un contexto donde se olía a guerra.

Dubin en esa indagación de lo villero, considera a éste género como la continuación de la gauchesca, no sólo por exponer escenas y conflictos de la vida real. Indaga más bien en lo material, como se constituyen las letras, llevándonos a la conclusión que al final no es una música vulgar como todos no hacen creer. Es complejo su material, por que construye una modalidad discursiva, una modalidad lingüística nueva que desafía al uso correcto de la lengua. La villera es hacer de la lengua un medio de construcción de significados, de valores, de creencias frente al mundo, como dice Freire, en su Pedagogía del oprimido; el sujeto no debe estar en el mundo, debe estar con el mundo. Tanto la retórica gauchesca como la villera se insertan en el mundo social, con la misma violencia que los desplazan, por eso son tan polémicas sus letras sus poesías, sus verdades; no hay una sintaxis pomposa cuando te estaquean en un fuerte o te mandan a luchar a la frontera contra los pueblos libre del sur o cuando gatillan a un pibe en la calle o lo capturan por el color de su piel. Parte de guerra a la par de estas dos retóricas, crudamente nos muestra sin barroquismo, sin pomposidades la verdad, la verdad de los marginados, porque para el blanco la verdad del negro, son sólo palabras de un borracho, de un drogado, de un vago, de un delincuente, por eso es preferible que no tengan palabras, como lo hizo Sarmiento persiguiendo ideológicamente , culturalmente y políticamente a todos los caudillos federales o como lo hizo el Comfer prohibiendo la cumbia villera por el contenido subversivo de sus letras.

Dubin cuando escribe, da esa sensación que todavía estamos en medio de una guerra entre lo cultural e ideológico, entre un Estado que aun reprime y un pueblo que con distintos medios aun lucha. Será como ese cuento de Cortázar: “Apocalipsis en Solentiname”; podrán extinguir a un pueblo, podrán silenciarlo pero jamás podrán detener toda la verdad que se encuentra en su arte.

Tanto la gauchesca como la villera fueron censuradas en su tiempo, pero jamás prohibida por el pueblo. Y eso es lo que equivale hoy por escuchar cumbia o leer la gauchesca, que te digan: “Negro cabeza”, “villero de mierda”, “¿por qué lees a esos analfabetos?”, “¿No te dan gracia como hablan o come se visten?” Yo les diré: no, porque yo vengo del barro, yo soy de barrio bajo y no me avergüenza decirlo al igual que Dubin que no teme escribir lo que siente, porque se siente parte de lo que hoy nos están juzgando.

 

por Lautaro Domínguez

Contacto: lauti.dominguez.lh@gmail.com

* Domínguez Lautaro es estudiante de Letras (UNLP). Aficionado por la poesía y la literatura latinoamericana y particularmente por la cultura popular; oriundo de la Plata, vive en un barrio aledaño a la ciudad: Los Hornos, conocido por su popularidad y por ser unos de los barrios más poblado de la Plata. Los Hornos tiene esa idiosincrasia barrial que la destacan de los demás barrios, ya que en ella se concentra gran parte de una población migrante norteña, como también migrantes paraguayos y bolivianos que hacen del espacio un interesante encuentro de culturas, lo cual favorece a todo que se interese en la cuestiones sociales y culturales populares de este país. De niño ha sido cultivado por la música folklorica, propias de sus abuelos: chamamé, chacareras sumando a  la música predominante de todo barrio: la cumbia. Nutrido por historias orales de las provincias y por la fuerte influencia de lo popular, me decidí enrolarme como futuro docente para propagar la cultura popular y reivindicarla como tal.

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